#ElPerúQueQueremos

marianne stoke - death and the maiden

Sentir la vida, para aceptar la muerte.

"¿Por qué no salir de esta vida como sale de un banquete el convidado harto?"

Lucrecio.

Publicado: 2019-03-04


A lo largo de mi vida, he perdido a personas esenciales que marcaron cierta etapa en mi desarrollo y proceso. Recuerdo tener 12 años y que un chico extremadamente agradable, el cual me presentaron, me reveló (y recuerdo las palabras exactas) estar "completamente enamorado" de mi. Quizás, en esa época, eso me espantaba y era una razón más que convincente para salir corriendo.

Luego de un tiempo me enteré de que tenía leucemia. Un día desapareció y lo primero que hizo al recobrar las fuerzas fue buscarme; recuerdo su rostro pálido, su pérdida completa de cabello y cejas, y esa forma incansable de sonreír. Siguió visitándome con continuidad y un día que fuimos a caminar decidió regalarme un collar con un dije de corazón. Pensé: "bah qué romántico" y quise salir corriendo una vez más. Sonreí torpemente, solté un "gracias" y le dije que había olvidado que debía terminar un trabajo de la escuela, así que retomamos el camino a mi casa. Luego de ese episodio tomé distancia. Creo que a esa edad el amor lo idealizas o te aterra. A mí, evidentemente, lo segundo.

A los pocos días una amiga me visitó para contarme que aquel niño romántico... había fallecido. No supe bien cómo reaccionar, solo recuerdo alistarme para un velorio e intentar escuchar el disco de The Smiths que repetía una y otra vez por aquella época. Como es lógico, algo en mi interacción con la vida cambió.

Pasaron los años y mi adolescencia desaparecía para darle paso a mi juventud: años dorados, inconsciencia, rebeldía y mucha música en mi cabeza. Fue así cómo me hice amiga de este chico, por la música. Lo recuerdo peculiar, libre y amargado con el mundo “Brillante amigo”, pensé. Compartimos mil historias, de esas que sólo puedes compartir con gente de tu banda, como una hermandad. Esas personas con las que haces cosas divertidas, compartes una noche sobre un escenario y acabas liándola entre copas. Seguí creciendo y tomé otros rumbos, otro país, otras decisiones. Recuerdo regresar cada año a Perú y traer conmigo algún recuerdo para mi amigo: un disco, camisetas de bandas o alguna tontería más. El siempre me sorprendía contándome sobre los conciertos que organizaba y a quién tenía en mente traer. Me hacía sentir que todo el tiempo pasado seguía ahí con nosotros, en el presente. Yo sabía de su poca predilección por este mundo y por la humanidad que lo habitaba. Tenía sus épocas perdidas, donde el ánimo no lo ayudaba -de hecho aprendió a convivir con esa depresión latente- y así lo quisimos siempre.

Estaba sentada en mi estudio, con la computadora, terminaba de escribir un email corporativo, y me llegó un mensaje al Facebook. "Diana, Leonardo está muerto". En ese preciso instante todo se tornó confuso, no comprendí bien, pero por alguna razón empecé a cuestionar una única cosa en mi cabeza: ¿cómo es posible que alguien me anuncie una muerte con tan severa frialdad? Luego de unos segundos (eternos) regresé a la realidad y contesté: ¿que pasó?. Me contaron una historia extensa; yo solo comprendí que mi amigo no volvería a estar conmigo más. Creo que fue la primera vez donde la muerte me golpeó y aumentó mi nivel de frustración. Pasó el tiempo, el dolor desapareció y solo quedaron los recuerdos.

La vida se encargó de enseñarme más sobre la muerte, paradójicamente mientras más vivía, menos le temía a ese "gran final" que te deja la peor parte, cuando eres tú quien se queda.  

Seguí dando pasos, aprendiendo y envejeciendo. Estaba en esa etapa donde por un descuido, el ego se apodera de uno y te hace creer que eres una gran sabia conocedora; pero en un segundo la vida/la muerte con una gran sonrisa te regresa a la realidad. Nunca vi la muerte como algo que merodea, como algo oscuro alrededor, solo como un gran telón que se cierra cuando simplemente toca, así que jamás sentí que me rodeaba, y por ratos me confiaba de la comodidad de lo obtenido, creyéndolo eterno.

Mientras vivía, era feliz y la vida transcurría, llegó la muerte una vez más. Esta vez era más personal que nunca. Si me pongo melodramática, debí haberme percatado que cada vez que aparecía, lo hacía de mucho más cerca. El año pasado quedé en ir al cine con un amigo, al salir nos quedamos conversando de algo tan entretenido que no sentí la necesidad de mirar al móvil. "No creo que nada cambie en unas horas," me dije. Al cogerlo de nuevo, tenía mil llamadas perdidas y muchos mensajes de texto. No entendía qué era tan urgente para causar ansiedad de tantas personas. Resulta que todas esas horas solo necesitaban darme el mensaje de la muerte de mi mejor amiga. Lo curioso de toda esta última situación es que fue completamente distinta a las otras, abrupta e impensable, así que si... la expresión "como balde de agua fría" calza perfecta aquí.

Me tomó más de un par de semanas asimilar esta noticia, no tenía ni un hecho claro, ni una razón, ni nada para calmar mi incertidumbre y pena. Así que hice algo que jamás había hecho: sentí la vida, para poder aceptar la muerte. Me despojé de todas las capas de miedo, e incomprensión que rondan en torno a este tema y solo acepté. Al final siempre fue eso: aceptar.


Escrito por

Diana Guarderas

Sigo siendo una más de japón. En Twitter: @dianaguarderasu


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